sábado, 4 de julio de 2015

Décimo Magno Ausonio

Décimo Magno Ausonio (Burdigala, actual Burdeos, 310 – Burdeos, 395) fue un poeta y rétor latino.

Biografía

Escritor latino nacido en Burdeos a comienzos del siglo IV. Hijo del médico Julio Ausonio, entre 320 y 328 estudió en Toulouse bajo la dirección de su tío, el profesor Emilio Magno Arborio, también poeta. Vuelto a Burdeos, enseñó primero como gramático y luego como rétor en diversas escuelas, para trasladarse después a Tréveris, convocado por Valentiniano I, para educar a su hijo Graciano. Allí estuvo entre los años 364 y 368. Al llegar Graciano al poder, le concedió a Ausonio la prefectura de África, Italia y Galia, y más tarde el consulado. Tras la muerte de Graciano en 383, Ausonio regresó a sus propiedades junto al río Garona para dedicarse a la literatura durante una decena de años más. Desde allí envió numerosas cartas en verso y prosa a eminentes personalidades, siendo todavía recordado y admirado por todo el mundo, incluido el emperador Teodosio. Aunque cristiano, su obra se incluye casi toda en la tradición pagana, por más que se le considere un precursor de la literatura latina cristiana. Su mejor alumno, Paulino de Nola, abandonó la literatura para abrazar el Cristianismo y una vida de retiro, ascetismo y caridad; Ausonio le dirigió tristes cartas pidiéndole que dejara esa vida.

Obra

Escribió mucho, fundamentalmente escritos eruditos y conmemorativos y sobre asuntos muy heterogéneos, pero poco realmente sustancial, salvo su producción poética. Reunió casi toda su obra bajo el título general de Opuscula, y a esta edición cuidada por él mismo siguió otra, póstuma, más completa, a petición del emperador Teodosio. Estas dos ediciones están representadas, respectivamente, por los manuscritos de Leiden, el Tilianus y el Vossianus III, existiendo además, en otros manuscritos, algunas piezas que no aparecen en ninguno de aquellos dos.

En los veinte libros de que constan sus obras completas, los asuntos son muy variados: plegarias; poemas sobre filosofía pitagórica, sobre astronomía, calendario y astrología, sobre las fechorías de Cupido, sobre Bísula, esclava y favorita del poeta; descripción de ciudades famosas; poemas ropálicos o en hexámetros compuestos de monosílabo, seguido de bisílabo, trisílabo, tetrasílabo y pentasílabo; síntesis tetrásticas o en cuatro versos de cada una de las vidas de los doce emperadores biografiados por Suetonio y de varios de los subsiguientes; el famosísimo centón nupcial compuesto exclusivamente de palabras, frases y versos enteros de Virgilio, epístolas prolijas, y epigramas agudos e ingeniosos.

Technopaegnion (niñerías artísticas) es una colección de poemas en los que cada línea termina con un monosílabo, y por lo tanto es solo un artificio técnico con el que muestra su habilidad el autor. El poema más extenso es Mosella, una colección de descripciones de los paisajes que recorre el río Mosela. También produjo las útiles Praefationes (Introducciones), de carácter autobiográfico; el Eclogarum liber, que es una colección de églogas; algunos versos mnemotécnicos sobre astronomía; la obra Ordo urbium nobilium, en la que clasifica por orden de importancia las ciudades antiguas; el Ludus septem sapientium, una farsa a la manera de la comedia palliata sobre los siete sabios de Grecia. Pero lo que se recuerda fundamentalmente son sus Epigrammata (epigramas), muchos de ellos adaptaciones de la Antología Griega. Los Parentalia son cálidos poemas de recuerdo a sus familiares fallecidos, como su Epicedion in patrem. Su aprecio por sus profesores lo pone de manifiesto en su Commemoratio professorum Burdigalensium. Su fe cristiana la dejó reflejada, por ejemplo, en sus Versus paschales y en su Ephemeris (diario), este último una descripción de sus tareas a lo largo del día. Carácter más académico y erudito lo tienen sus Epitaphia, conjunto de epitafios a los distintos héroes que participaron en la guerra de Troya. Su obra completa suministra un valioso testimonio de la vida provincial de la Galia y del ambiente del siglo IV.

Los metros son muy variados; aunque predominan el hexámetro y el dístico elegiaco, no faltan la estrofa sáfica, el falecio, los trímetros y dímetros yámbicos, los dímetros anapésticos, los tetrámetros trocaicos catalécticos, los adónicos.

Se ha debatido mucho si Ausonio es o no es un escritor cristiano, pues en su obra hay destacadas composiciones de tema cristiano; sin embargo, también las hay profundamente paganas. Quizás sería prudente convenir que, por su posición de poeta de corte y político, era equidistante de ambos extremos y se manifestaba de una y otra manera según conviniese.

Modelos y fuentes literarias

Este concepto de poesía explica que se hayan podido señalar en innumerables ocasiones las deudas contraídas por Ausonio con los escritores anteriores. Esas deudas conciernen, esencialmente, a evocaciones conscientes o inconscientes que de un modo sistemático afloran en su obra. Naturalmente, el autor que más a menudo está detrás de la poesía de Ausonio como un telón de fondo es Virgilio y la Eneida, su obra más citada. Virgilio nutre todo el Cento nuptialis, según explica el propio Ausonio; pero el mantuano es además el punto de referencia en otros opúsculos, como Periochae, Eclogarum Liber, Parentalia, Commemoratio professorum Burdigalensium, Cupido cruciatus, Mosella, amén de haber proporcionado abundantes materiales para la confección de los demás.

Horacio sigue en segundo lugar, aunque de un modo menos evidente, y también Ovidio proporciona abundantes recursos con sus Metamorfosis, Tristes y Heroidas, mientras que sus obras de amor apenas son recordadas. Catulo es un autor citado en varias ocasiones por Ausonio e imitado otras con evidente intencionalidad, como ocurre en la carta a Símaco, dedicatoria del Griphus. También los elegíacos parecen haber proporcionado ingredientes para los versos del poeta de Burdeos, aunque no son mencionados expresamente y, a veces, sus ecos son dudosos. Al uso de los poetas de la edad de oro, habría que añadir las evocaciones de los prosistas, como Cicerón –cuyos períodos imita en la Gratiarum actio–, Varrón, Nepote, Salustio, Livio, Plinio el Viejo y Plinio el Joven, Quintiliano, Apuleyo y Suetonio; a todos éstos, hay que añadir otros escritores a los que menciona pero cuya obra no nos ha llegado, como los Apólogos de Ticiano o los Fesceninos de Aniano.

Finalmente, ocupan también un lugar muy significativo los poetas de la edad de plata desde Lucano a Juvenal, incluyendo Persio, Silio Itálico, Valerio Flaco, Marcial y Estacio.

Estilo

La poesía de Ausonio es esencialmente la poesía de un maestro erudito; a partir de esta perspectiva, se entiende mejor por qué usa ritmos y esquemas métricos tan variados, por qué intenta tantos temas, con tantos tonos poéticos, y todo ello con una estricta clasicidad de lenguaje, que a duras penas nos permite vislumbrar que es fruto del siglo IV. Es esa misma perspectiva la que puede ayudar a comprender la trivialidad poética de buena parte de sus escritos, sus ensayos de versificaciones imposibles –como ocurre con los versos ropálicos o con el latín macarrónico de la carta 6– y, en suma, sus excentricidades.

Entre estas excentricidades cabe referirse a la affectata obscuritas de quien tan sólo quiere ser entendido por los iniciados en su jerga, es decir, por sus colegas; así, cuando escribe a Paulino de Nola la carta 19, tras componer diez hexámetros dactílicos para decir únicamente en qué día ha recibido una carta de su querido amigo y discípulo, corta el verso y sigue en prosa. De ese prurito hace gala igualmente al dedicarle a Símaco el Griphus, donde evoca a Horacio y su profanum uulgus.

A esta condición de poesía propia de un erudito maestro, se pueden achacar otras facetas del estilo de Ausonio, como son su innegable capacidad para servirse de cualquier figura retórica, su utilización del mito con la misma función que posee en la poesía de la edad augústea o su inclinación a crear nuevas palabras, fundamentalmente adjetivos; todo ello no hace sino reproducir, dos siglos más tarde, las técnicas versificatorias de los neotéricos.

Forma y contenido

De acuerdo con lo dicho acerca de su estilo, es fácil observar que la búsqueda de una perfecta adecuación entre la forma y el contenido está en la raíz de la creación ausoniana. Así, es posible comprobar cómo su capacidad versificatoria, su erudición infinita, su manierismo académico están con frecuencia al servicio de la más depurada identificación con el mensaje que se pretende transmitir. La lengua, el estilo, la métrica que visten sus distintas invenciones cristalizan de cuando en cuando en composiciones de admirable factura. Él sabe bien que a cada tema conviene un tono y que cada sabor gusta a paladares diferentes.

De este modo, Ausonio va tejiendo su obra con artístico encanto incluso en momentos triviales: al abrir el opúsculo Ephemeris, donde se describen las actividades de una jornada cualquiera, se leen unas estrofas sáficas que celebran la llegada del día. En la composición siguiente, el amo sacude del lecho al perezoso siervo con "yambos violentos". Este tono festivo, revestido de ritmos alegres y veloces, da paso al solemne hexámetro con que se reza a Dios Omnipotente, oración íntima y grandiosa que, ajena al mundo recién dibujado con vivos colores, destila la paz del creyente. Y tras la plegaria, vuelve el poeta al mundo que le rodea y también al uso de metros variados.

Este mismo movimiento formal condicionado por el estado anímico de Ausonio, se descubre nuevamente en su correspondencia con Paulino de Nola: el tiempo de la amistad compartida es celebrado con abundantes recursos métricos; la "despensa poética" está repleta de ritmos con los que gozar la felicidad y ése es el recado que le envía con "yambos veloces" en la carta 21. Pero al quebrarse la sólida unión espiritual, cuando Ausonio siente el dolor que muerde su corazón, olvida los juegos y vuelve al hexámetro y, con él, escribe la tristeza y el desencanto, la soledad y el fracaso.

Este deseo constante por buscar la forma más adecuada al contenido de cada composición podría ejemplificarse de otras mil maneras diferentes, contraponiendo, por ejemplo, la lengua y el estilo de la Gratiarum actio, modelo exquisito de mimetización con el género panegírico, a los del Mosella, donde el rigor poético apenas sufre desmayos; o, dentro de un mismo opúsculo, diferenciando las cartas escritas a Símaco o a Probo, de las dirigidas a Axio Paulo o Teón.

En definitiva, por más que Ausonio no haya sido capaz de sobresalir en ninguno de los géneros cultivados por él, es preciso reconocer que en el siglo que le tocó vivir, y en los decenios previos, no hubo poeta mejor dotado, con más capacidad creativa, con mayor ambición poética –aunque la suya no fuese excepcional–, ni con más variedad de motivaciones. Él supone, de algún modo, el final de una manera de entender la creación poética –el neoterismo– y la culminación de las corrientes literarias que le precedieron, al tiempo que abrió unos senderos apacibles y sombreados –de acuerdo con sus gustos estéticos– por donde pasear las íntimas emociones.


Fuentes: https://es.wikipedia.org/wiki/Ausonio
http://www.mcnbiografias.com/app-bio/do/show?key=ausonio-decimo-magno

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